“A las 4 de la mañana, Elena dio a luz un hermoso niño”,
con este mensaje el 13 de julio de 1936, apenas unas pocas horas después de la
muerte de Calvo-Sotelo, como consecuencia del asesinato del teniente Castillo, Mola da
luz verde a los conspiradores fascistas para que sigan los planes trazados. Así,
según lo previsto, cinco días más tarde, el 17 de julio, a las
19 horas, empieza en Marruecos lo que será la guerra más cruenta de la
historia de España. El 18 de julio, y siguiendo lo pactado, harán lo
mismo el resto de guarniciones peninsulares. Es el principio de una guerra que devastará
España durante treinta y cuatro largos meses.
Pero la vida sigue, y al día siguiente, en el puerto de las Palmas de Gran Canaria
una madre y su hija salen en dirección a Francia como si se fueran a pasar las
vacaciones de verano. Sin embargo, no se van a descansar, están huyendo de unos
acontecimientos cuyo alcance desconocen. Poco antes, por la mañana, su marido
y padre, el comandante general de las Islas Canarias, ha hecho público un bando
en el que declara el estado de guerra en España. Ellas eran Carmen Polo y su
hija Carmen, él, Francisco Franco.
Visto así puede parecer que el golpe lo urdió una sola persona quien, y
dicho sea de paso, no parece capaz de urdir nada solo a la vista de las nuevas investigaciones
sobre el personaje del Caudillo. Y no, no estuvo solo, fue un grupo nutrido de militares afines
al general Franco, que además estaban respaldados por otros colectivos políticos,
con poder económico los más -monárquicos, carlistas, seguidores
fascistas de Falange, tradicionalistas católicos- o ideológicos –
la Iglesia católica-. Entre ellos no había dudas, todos tenían
la misma pretensión: devolver a la derecha española el poder
político que había perdido en las urnas en las elecciones de febrero
y eliminar todo rastro de reforma –agraria, social, política, cultural,
constitucional…- derivado de la Segunda República y suprimir,
claro está, la democracia. Sin embargo, una empresa que a priori
parecía sencilla –acostumbrados como estaban los españoles
a los golpes de estado de manos de la derecha reaccionaria-, en primera instancia
fracasó en las ciudades más significativas del territorio y se
inició entonces una lucha fratricida que duró casi tres años
y que llenó de muertos los cementerios y las cunetas y de presos
las cárceles.
Todavía hoy, a pesar de lo mucho que se ha escrito acerca del tema, y de lo que he
leído sobre la Guerra Civil, no logro creer que pudiera llegarse a extremos de
crueldad y venganza tan extremos. No hace ni un siglo que, en pro de unos ideales, en
las calles de nuestras ciudades se pegaban tiros unos a otros, se delataba a vecinos,
se inventaban hechos para refrendar acusaciones que al final no se comprobarían
pero que darían con los huesos en la cárcel del denunciado…
Parece que nuestros abuelos y nuestros padres vivieron inmersos en la ficción,
pero fue realidad, una realidad cuyas consecuencias se alargaron hasta los años
setenta. Supongo que la cercanía temporal, tan solo hace setenta años,
hace que se cree una extraña sensación de irrealidad que supone
constatar que muchos de aquellos –vencedores y vencidos- todavía
se encuentran entre nosotros y pueden explicar en primera persona cómo
fueron esos acontecimientos.
Quizás esa misma sensación de irrealidad es la que ha provocado que en
los últimos tiempos se haya gastado mucha tinta al respecto, que se haya hablado
–y especulado- acerca de las actitudes de unos y otros, de “vencedores”
y “vencidos”, de “resentimiento” y “olvido”,
de causas y consecuencias, de hechos, sentencias de muerte, matanzas indiscriminadas,
listas negras… y ha hecho que intentemos afrontar un pasado absurdo a fuerza
de constatar y demostrar tantas atrocidades inexplicables que tuvieron lugar en
España.
Atrocidades de las que, todavía hoy, muchos –y muchas- de aquellos que
oficialmente perdieron la guerra, de aquellos que pasaron en algunos casos más
de diez años en las prisiones franquistas, o que sufrieron las depuraciones,
o que se vieron silenciados y relegados al interior de su hogar se atreven a hablar,
no quieren recordar y explicar con detalles cómo lo vivieron, o qué
les hicieron en sus pueblos, ciudades o dentro de las cárceles. Un pasado
cercano que marcó hasta el punto de mantener todavía el miedo
dentro de muchas personas. Dulce Chacón lo decía en una de las
conferencias que dio poco antes de morir. El conflicto de las dos Españas
no terminó al acabar la Guerra Civil española porque no se
había podido hablar de él en libertad. “No termina
–dirá la escritora- con el famoso parte del primero de abril,
Cautivo y desarmado el ejército rojo… Ni en las cárceles
franquistas, donde miles de republicanos fueron sometidos a torturas, y
muchos de ellos encontraron la muerte. Ni siquiera termina –añadía-
cuando el Maquis se retira de los montes españoles y abandona
las armas, o con el pueblo vencido, continúa durante cuarenta años
de represión y barbarie sistemática de una política de tierra
quemada que buscaba la aniquilación del espíritu de la República.
El conflicto de las dos Españas no ha terminado. Terminará cuando pueda
hablarse del conflicto. Terminará cuando no haya ni una sola persona que necesite
bajar la voz para contar su historia. Los que perdieron la guerra fueron condenados al
silencio, impuesto por la dictadura y consensuado por la democracia. Y esa condena conserva
aún el eco del miedo a hablar.” Por eso hay que seguir investigando,
analizando, hablando con aquellas personas que vivieron la guerra y la posterior posguerra.
Por eso es tan importante mantener la historia viva, conocer los hechos.
La mujer, sin embargo, suele ser la gran olvidada de los trabajos acerca de la Guerra Civil
española, a pesar de que su participación en el conflicto, tanto en el
frente, como en la retaguardia, fue tan importante como la de los hombres. Así,
en el colectivo femenino, igual que en la sociedad española, tras la sublevación
de julio, se establecieron dos posturas: las mujeres que defendían la España
republicana, que se vieron catapultadas hacia nuevas actividades y desarrollaron un nuevo
rol dentro de la sociedad, dispuestas a luchar por mantener lo que tan poco les
había durado: la democracia constitucional de una república que
garantizaba todos los derechos a sus ciudadanos; y las mujeres del bando sublevado
quienes se dedicaron, desde el primer momento, a empezar a recuperar los roles
diferenciados hombre-mujer que tradicionalmente habían existido en
España, ofreciendo su apoyo a las fuerzas sublevadas.
Unas lo tenían muy claro: “La guerra borraba de golpe los privilegios
de la mujer. La guerra tomaba a la mujer por hombre y la suerte de la mujer iba a
correr por una vez en la historia de España el mismo destino que el del hombre.
Claro que se trataba de morir, no de disfrutar de privilegios. Centenares de mujeres
iniciaron una militancia hasta entonces insospechada. Nunca hubieran creído
las mujeres españolas que de su intervención dependiera el ganar o
perder la guerra y, con ella, su guerra definitivamente. Pero se perdió
la guerra y, así, la propia guerra de la mujer. La mujer volvió
al hogar, a las cuatro pareces, a la aguja, a la cocina, a la iglesia”,
dirá Carmen Alcalde. Por eso en el mismo verano del 1936, la figura de
la miliciana dentro del ejército popular se convirtió en el
símbolo internacional de la movilización del pueblo contra el
fascismo. Con su imagen reflejada en los carteles de guerra como heroínas
combatientes, representación del sentir obrero de un pueblo enfrascado en
una lucha por la libertad. Lo que acabó por forjar un mito bélico.
Sin embargo, tras las primeras semanas de euforia revolucionaria, el papel de la mujer
fue reorientado y “devuelto a su lugar” y Largo Caballero decretó
su retirada del frente. De este modo, las que primero habían sido mitificadas
por las autoridades republicanas, poco después serían desprestigiadas
hasta acabar por ser consideradas la antítesis de lo que debía ser
la “mujer decente” (cuidar a los heridos, amparar a los soldados y
alimentar a sus hijos, etc.). Desapareció con ellas la imagen militarista
de la miliciana y empezaron a aparecer mujeres llevando a cabo labores más
tradicionales, dedicadas a las tareas típicas de asistencia social, al
cuidado de enfermos…, y empezaron a ser las heroínas de la retaguardia.
En este ámbito no beligerante, también desde el inicio del conflicto,
miles de mujeres se lanzaron a realizar esfuerzos productivos relacionados, eso
sí, con las necesidades surgidas del ambiente bélico en que
vivían y que iba desde trabajar en fábricas de municiones hasta
realizar un voluntariado en servicios sociales, campañas educativas, proyectos
culturales o actividades de apoyo a los combatientes. Desempeñaron un papel
poco valorado, pero decisivo en la resistencia civil al fascismo; una contribución
clave en la retaguardia de la lucha antifascista tras la consigna acatada por las
organizaciones femeninas de "hombres al frente, mujeres al trabajo".
La retórica utilizada en este caso también estuvo militarizada para
lograr una mayor implicación y se habló de la incorporación
de las mujeres a las "trincheras de producción”, en "brigadas
de trabajo" para constituir la "vanguardia de la producción".
Así, las mujeres representaron una reserva de mano de obra que permitió
el mantenimiento de la producción, mientras los hombres luchaban en el frente.
Varios son los ejemplos de mujeres que, desde el bando republicano, acabaron por constituir
símbolos de la lucha contra el fascismo. Desde Federica Montseny y Dolores
Ibárruri hasta otras algo menos conocidas pero que desempeñarían
papeles igual de notorios e importantes en la guerra -Margarita Nelken, Matilde Huici,
Victoria Kent, Dolors Bargalló, Lucía Sánchez Saornil...-.
Porque la realidad de la España de 1936 era que la movilización
popular femenina englobó a miles de mujeres que habían visto cómo
podían alcanzar puestos de cierta relevancia en la sociedad española
y que no se resignaban a perderlo todo con la entrada de los fascistas. Por eso se
comprometieron en el empeño colectivo de combatir el fascismo, por eso
muchas murieron o sufrieron prisión. Por eso lucharon y se implicaron “como
hombre”.
Sin embargo la implicación tuvo que coordinarse y ordenarse para ser efectiva. Así,
empezaron a crearse a partir de julio de 1936 numerosas organizaciones femeninas que
canalizaron el esfuerzo del cada vez más amplio colectivo de mujeres. Entre
las distintas organizaciones existía una serie de intereses comunes tales como
el acceso a la educación, el trabajo remunerado y el compromiso con el esfuerzo
bélico, lo que en un principio propició que se creara una sola
organización que las englobara a todas -la Agrupación de Mujeres Antifascistas
(AMA)- de la que se desmarcaron las anarquistas que mantuvieron independiente la
organización Mujeres Libres (MM.LL.). Si las relaciones entre las distintas
organizaciones políticas de ámbito estatal tenían amplias
y significativas diferencias, lo mismo acabó pasando en el ámbito
femenino, donde se mantuvo una intensa rivalidad política y de actuación
y control entre las distintas tendencias. Fue precisamente la marcada politización
de las asociaciones, la que impidió crear un movimiento femenino unido.
Mientras, en el bando sublevado las mujeres también se implicaron en el conflicto,
aunque de forma totalmente distinta. Ellas no tenían nada que les interesara mantener
del sistema anterior, no querían defender sus puestos de trabajo ni sus logros,
sólo querían que España volviera a recuperar “el orden”
que para ellas se había perdido. También las mujeres reaccionarias
funcionaron de forma agrupada, pero en su caso su labor fundamental se realizó
ya en un solo grupo, la dirección de la Sección Femenina de Falange,
creada en 1934 como Sección de la Falange Española de las J.O.N.S.
y de manos de Pilar Primo de Rivera. La Sección Femenina –luego con
la importante ayuda del Auxilio Social- fue preparando el terreno para lo que se le
“avecinaría” a la mujer caso de ganar la guerra el ejército
“nacional”. Y, aunque en algunos casos, unas pocas mujeres acudieron al
frente, éstas siempre lo hicieron para desempeñar labores hospitalarias
y de cocina. Las consideradas labores “propias de las mujeres”.
Unida a esta división de actitudes y participación en el conflicto por
géneros, también vemos una muy distinta evolución conforme
avanza la guerra por bandos. Así, mientras los sublevados, bajo la idea del
“nuevo Estado” se agrupan siguiendo una misma directriz o idea unificando
a la derecha española y manteniendo una sola imagen de la mujer y la familia.
La división fue el signo que caracterizó la participación
de las filas republicanas –más alentada desde los sectores anarquistas
que fomentaban ciertos cambios revolucionarios que en algunos casos poco tenían
que ver con la situación de la España de ese momento y que quizás
no debieron ser prioritarios para ellos-, bajo las que se agrupaban: socialistas,
comunistas, anarquistas y republicanos.
Y eso es precisamente lo que iremos viendo en el libro. Las distintas participaciones, y
actuaciones de las mujeres, no sólo dentro del propio conflicto bélico,
sino también desde la retaguardia, o desde la España “vencida”.
De cómo se implicaron en esos tres años de guerra unas en el frente y
otras en la retaguardia, de cómo vivieron –unas y otras- los encarcelamientos y
las represiones –pasando de represoras a reprimidas en algunos casos-. De cómo
se enfrentaron a un devenir que no era el previsto, de cómo se prepararon, de lo
que hicieron, de cómo se sintieron… Porque durante la Guerra Civil, la
movilización antifascista generó un discurso nuevo y una imagen nueva de
la mujer, provocando un cambio significativo en su visibilidad que figuró de forma
más que ostensible en carteles, consignas e imágenes de guerra. Efectivamente,
la imagen y la representación de las mujeres adquirió dimensiones
nuevas. Los numerosos carteles de propaganda puestos en circulación durante
la guerra presentaron con mucho impacto la imagen innovadora de la miliciana guapa y joven,
que, vestida de mono y cargando un fusil, marcha con paso decidido hacia los frentes de
guerra. Junto a esta imagen heroica de la resistencia beligerante, contrasta la
tradicional representación de la mujer victima del fascismo, la madre, defensora
de sus hijos que reclama la solidaridad antifascista y desconsolada por la pérdida
de los suyos que insta a la participación en la lucha. En frente, la madre-virgen,
la madre-ama de casa, la madre sufridora sólo pendiente de los suyos y para los
suyos. La mujer que sólo se considera como tal si logra realizar las funciones
que la sociedad tiene establecidas para ella y no emite ningún juicio o queja
discrepante.
Creo que es necesario tratar a las mujeres de forma independiente en un libro, porque si
siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores (algo que en el caso
particular español es más cierto que nunca), también podríamos
añadir que la historia la escriben los hombres. Que por lo general se precian
de ser realistas (que no objetivos) y que en su realidad, a lo que parece, sólo
ellos compite, defienden, mueren, o sufren aunque se precien de historiadores rigurosos.
Como si la labor desarrollada por la mujer fuera poco digna para que las preclaras mentes
perdieran su tiempo en dedicarnos la atención que merecemos.
Por eso, en los miles de folios dedicados a la Guerra Civil (1936-1939), probablemente el
evento histórico del siglo XX sobre el cual se ha producido mayor cantidad de
documentación en lengua castellana dentro y fuera del mundo académico,
sorprende que a penas si se incluyan consideraciones acerca de la participación
de los colectivos de mujeres y lo que de ello se deriva, salvo algunos textos aislados
que no suman ni el diez por ciento del total de lo investigado. ¿Las mujeres
hemos sido siempre sujetos pasivos de la historia? Diría que no. Y, ante un
hecho de tal magnitud como la Guerra Civil mucho menos. La actitud “tradicional”
de las mujeres dio un vuelco de 180 grados, pasó de dejar que hicieran a hacer,
de ver pasar los acontecimientos a participar en su desarrollo, de ignorar las reformas
a sugerir que se hicieran.
Es necesario hacer historia de un pasado silenciado, haciendo especial hincapié
en una realidad en la que se omite casi sistemáticamente a uno de los colectivos
–no ideológicos sino de género- que poblaron los frentes de guerra
y que se posicionaron, combatieron y defendieron unas ideas: las mujeres. Ese
cincuenta por ciento de la población española que en los años
treinta vivía junto a los hombres –claro está- y que participó
como ellos –aunque realizando distintas labores- en el conflicto bélico,
que se sacrificó como ellos, y que –no deja de ser sorprendente- sufrió
represión en el mismo grado.
Actitudes de cambio que, principalmente en zona republicana, produjeron un cambio inmediato
en el discurso político, en la imagen que hasta entonces se había
tenido de la mujer. En seguida las diferentes fuerzas políticas lanzaron llamadas
para su movilización, para su colaboración en la defensa de la
España demócrata. Nacieron oradoras como Pasionaria, Matilde Landa o
Margarita Nelken (Partido Comunista), Federica Montseny (C.N.T. - F.A.I) o las
jóvenes militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas que se dirigieron
a las mujeres para pedirles su implicación en el conflicto y la
incorporación a la lucha antifascista no sólo en la retaguardia,
sino también en el mismo campo de combate. Y su llamamiento fue escuchado
y seguido. Surgieron grupos de mujeres hasta entonces relegadas a las tertulias de
café, o a las participaciones vecinales que se esforzaban por defender
el único régimen que se había preocupado por incluirlas
en el devenir del país.
Toda esa actividad antes y durante la Guerra Civil, tanto de un bando como de otro,
se vio truncada por el triunfo del ejército fascista al mando de Franco,
que condujo a unas mujeres a la cárcel, a otras al exilio, y al resto de
España a volver a la situación contra la que habían luchado.
Los militares que se habían sublevado en julio de 1936, una vez finalizada
la “cruzada de salvación” pusieron en marcha una implacable
maquinaria de persecución y aniquilación del vencido y de sus
familiares que quedaron al amparo de una nueva legislación –en
la que destaca la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939-
y otros mecanismos de extorsión que los consideraba enemigos de España
a reformar entre los que tenían un primer lugar las mujeres de los
“rojos” y los hijos de los “rojos”. Así,
en pocos días, tras finalizar la guerra el número de personas
inmersas en la miseria aumentó alarmantemente y las cárceles se
llenaron de prisioneros políticos.
Toda la maquinaria del Estado se puso en marcha con una política de represión
que duró muchos más años de los imaginables en abril del 39.
La victoria “nacional” selló la derrota, no sólo de
la democracia republicana, sino también de las convicciones morales y
culturales en las que se había fundado la Segunda República.
El nuevo régimen, en su férrea determinación por erradicar
el pasado demasiado cercano, insistió en la idea de la “cruzada”
y presentó a la España de la república como la Anti
España y como los culpables del delito de rebelión.
Veamos, pues, no sólo en que organizaciones, partidos y agrupaciones
participó la mujer durante la Guerra Civil, sino también en
qué partes del mismo conflicto bélico se vio involucrada.