Una mujer madura, que conserva el aspecto de una matrona burguesa a pesar del pelo descuidado y la luz confusa que enturbia sus ojos, permanece inmóvil durante horas. Sentada en una cama de hospital, mira hacia delante como si en la pared frontera estuvieran escritas todas las respuestas. Sobre esa pared, reposa un muñeco de trapo, tosco, informe, gigantesco, que ella misma ha fabricado con los retales y la ropa vieja que ha logrado reunir en sus largos años de encierro. El muñeco no tiene rostro, pero sí un corazón pintado de rojo vivo, y un pene enorme. Ella le ha dotado de ambos órganos, los únicos que importan en una imagen humana que no necesita rostro. Y hora tras hora, y día tras día, durante muchas horas y muchos días, semanas, meses, años, se concentra en él. Parece mirarle, pero hace algo más. Pretende insuflarle su propio espíritu, dotarle de alma, traerle a la vida, como trajo muchos años atrás a una hija única, escogida para redimir a la humanidad, que se torció antes de tiempo porque era mujer, una criatura sensual en exceso y psíquicamente muy débil, como sabe ella que son todas las mujeres. Hildegart, concebida y educada de acuerdo con su nombre, Jardín de sabiduría, dejó entonces de ser útil. Por eso a su madre, que en realidad se consideraba a sí misma un hombre, no le quedó más remedio que matarla.
Aurora Rodríguez Carballeira no había leído Frankenstein, la novela de Mary Shelley, pero la autora de ese libro eterno anticipó su destino en el de su personaje. Esta mujer gallega, inteligente, cultísima, genial y demente, escribió con su vida, sin embargo, una historia mucho más interesante que la del monstruo de ficción. Su imagen final en el manicomio de Ciempozuelos, encarnada en creadora del hombre nuevo, me fascina desde que la conocí, hace casi veinte años. Por eso hablé de ella con Carmen Domingo, y la animé después a escribir un libro que ha resultado ser éste.
Este libro cuenta mucho más que una historia extraordinaria, tan fabulosa que nadie podría haberla inventado. Cuenta, por lo menos, tres, la de la propia Hildegart, inteligente y fuerte, capaz de desarrollar su voluntad frente a la tiranía intelectual y moral de su madre, la de los éxitos de Aurora, brillante educadora de niños prodigio, y la de su mesiánica locura, que la convirtió en una incesante reformadora frustrada de la cárcel y el manicomio donde fue recluida. A su alrededor, un país que se sentía recién nacido y por todo se interesaba con la curiosidad, la pasión por la novedad propia de los niños. El socialismo, el anarquismo, la eugenesia, la educación sexual, la pedagogía, el laicismo, el feminismo, la masonería y los más diversos enfoques novedosos, y hasta revolucionarios, en cualquiera de estos ámbitos, tienen también su lugar en esta historia. Hildegart, la virgen roja, reunía los elementos suficientes para convertirse en un icono vivo de la II República Española. Aurora, su madre, su mentora, su maestra, también, hasta que mató su propio ideal en el cuerpo dormido de su hija.