España ha sido, desde siempre, cuna de artistas importantes y
mundialmente conocidos. Y, de hecho, sólo ciñéndonos
al siglo XX, únicamente reflexionando algo acerca de panorama musical
español, nos daremos cuenta que se nos ocurren muchos, muchísimos
nombres, de los que podemos decir algo y que han tenido gran repercusión.
Sin embargo, la lista de nombres se reduce casi a la nada si lo que queremos
es hablar de la trayectoria artística de una familia en la que
todos sus miembros estén relacionados -¡y de qué manera!-
con el arte musical.
En verdad, la única familia, el único clan, la única
saga, de la cual podemos decir que ha logrado mantenerse durante casi
setenta años en el panorama musical español e internacional
-ya sea copla, canción española, rumbas, baladas, boleros...
o incluso rock o pop- y de la que todavía tres de sus miembros
siguen triunfando es la familia Flores. Cada uno de ellos -Lola, El Pescaílla,
Carmen, Lolita, Antonio y Rosario- ha logrado, por méritos propios
y con perfiles muy distintos, ser una institución, un talento genial,
cada uno en su estilo. Una familia a la que podemos considerar en su conjunto,
pero a cuyos componentes, en honor a la verdad, hemos de valorar por separado.
Sin discusión posible al respecto, en un libro como este, en el que se traza un recorrido artístico de la familia González Flores, hemos de empezar hablando de la personalidad arrebatadora y arrolladora de la matriarca del clan, Lola Flores, Lola de España, La Faraona. El arte, la raza, el talento y el poderío de una paya con alma gitana, de la figura más inimitables que nunca haya habido en el panorama musical no sólo nacional, sino también internacional, que fue la "culpable" (si de ello se puede culpabilizar a alguien) de que tardara tanto en valorarse el talento del resto de sus miembros, ya que, indudablemente, la comparación era inevitable. Por eso, Carmen, Lolita, Antonio y Rosario tardaron más que muchos artistas de inferior valía en que se reconocieran sus méritos sobre los escenarios a pesar de tenerlo, aparentemente, todo a su favor; así como de que se eclipsara el innegable valor y arte de Antonio González, El Pescaílla, un guitarrista de enorme valía y el creador de la rumba catalana.
"Yo soy Lola Flores, y ya no puedo remediarlo", dijo La Faraona
en una entrevista, y lo cierto es que ella fue su propia creación,
y entre todos sus talentos el más precioso, el definitorio, fue
la constancia que le permitió ganarse todo lo suyo a pulso, a fuerza
de sudor, pero también hizo que todos los miembros de su familia
fueran objeto de comparaciones constantes. Sólo el tiempo, en tantas
ocasiones traidor, en este caso se ha encargado de ayudarlos a todos ellos,
ha dado su bendición musical a la familia y ha situado a cada uno
en su lugar; tras repartirse el arte y el talento entre todos ellos, cada
cual ha logrado que se le reconozca su estilo y su valía musical
en sus distintos estilos. Como bien diría Rosario en una entrevista:
"No existe la competencia. Cada hijo fue y es diferente. Todos llenos
de arte, de sensibilidad y de amor, pero cada uno en su rollo". A
pesar de ello, tanto Lolita como Rosario, en mayor o menos medida, han
tenido que esperar a que desapareciera su madre de este mundo para poder
brillar con luz propia.
No quiere eso decir que ha de disminuir la admiración que se le
debe al talento de La Faraona para reconocer la valía de su marido,
sus hijos y su hermana; como tampoco es cuestión de quitarle mérito
a una personalidad artística inigualable, a la artista temperamental
que conseguía demostrar que para hacer flamenquismo auténtico
no hacía falta ser gitano de pura raza. Es, simplemente, que ahora,
con la perspectiva que otorga el tiempo, ya se pueden decir más
cosas y de más Flores. Y que como los mitos no mueren nunca, tras
el fallecimiento de Lola Flores y con el paso de los años, podemos
hablar de cada uno de los miembros del clan sin miedo a restarle importancia
al otro.
Así, hoy vemos cómo Lolita, por fin, ha conseguido demostrar
el arte que lleva dentro, que además de las baladas dulzonas y
acarameladas de principios de los setenta, la raza y el genio forman parte
sin duda de su talento artístico y que no valen las comparaciones.
Lo demuestra en todo lo que hace actualmente, ya sean rumbas, boleros
o películas. También ahora se reconocen en mayor medida
la capacidad artística y el valor del trabajo realizado por Antonio,
que nos confirma que fue un artista de gran talento, ya fuera componiendo
o cantando; aunque desgraciadamente quedó en silencio mucho de
lo que tenía por decirnos a raíz de su temprana desaparición.
Con Rosario, la pequeña de los hermanos, se confirma que existe
en verdad el volcán artístico en permanente erupción
con el ritmo gitano en la sangre que predijo su madre. Y, en cuanto, a
Antonio González, El Pescaílla, el patriarca en la sombra,
el gitano bueno que "tocaba la guitarra como los ángeles",
tal como dijo Lola, se le reconoce por fin el talento con el que supo
apoyar, desde la sombra elegida con cariño, a todos los miembros
de su clan. Y cómo dejó en un segundo plano, para disfrute
de los suyos, su indiscutible calidad como guitarrista y adaptador de
ritmos y melodías, en aras de lo que para él, como buen
gitano, era lo más importante: la familia, todos los Flores.
Empezó muy pronto Lola Flores a presumir del evidente legado gitano
que tenía en sus venas, aunque sin separase tampoco del payo: "No
lo sé con seguridad, aunque me siento gitana del todo, desde el
pelo hasta el pie -dirá una vez-, mucho más que muchas otras
gitanas que lo son y no lo sienten. Eso lo llevo de bandera y nadie me
la va a quitar de mi sentimiento. Y yo respeto mucho, y en mi casa se
sigue a rajatabla, la ley gitana. Sigo diciendo que me siento más
canastera que muchas que lo son de tres generaciones. Yo me siento gitana
de piel, de por dentro, tanto como aquella que fue la más grande,
Carmen Amaya, la pobre, que murió tan pronto y que ha sido una
de las artistas más grandes que ha dado España". Lo
cierto es que, si nos detenemos a pensar después de haber visto
y oído a Lola Flores resulta difícil, por no decir imposible,
trazar la divisoria entre lo payo y lo gitano en Andalucía. Fue
y será la síntesis perfecta de la armonía entre las
dos culturas, y ahora, cómo no, sus hijas mantienen encendida la
llama de lo interracial. Para Juan de Dios Ramírez Heredia es,
incluso, una deuda con Lola: "Los gitanos tenemos una deuda contraída
con Lola Flores de imposible cuantificación. Porque Lola ha sido,
y lo seguirá siendo, en la memoria de todos nosotros, el modelo
humano que mejor simboliza lo que para los gitanos es verdaderamente trascendente:
el amor a la familia -la familia, incluso la familia extensa, con razón
o sin ella, siempre ha de ser lo primero-, la entrega a los hijos por
encima de cualquier planteamiento de racionalidad y la generosidad sin
límites".
En definitiva este libro es la evidencia de que en los cinco miembros
de la familia González Flores hay mucho talento, que cada uno de
ellos lo ha demostrado a su manera -coplas, rumbas, fandangos, películas,
series, programas televisivos, letras de canciones, composiciones musicales...-,
y que aunque cada cual ha tenido una carrera avalada y valorada por el
público en distinta medida y en diferentes aspectos, juntos justifican
la explicación detallada de la trayectoria artística de
una Saga en la que cada uno ha logrado tener su sitio tras años
de esfuerzo. Una Saga en la que lo peor que se puede hacer es establecer
comparaciones con La Faraona; unas comparaciones en las que todos y cada
uno saldrían perdiendo. No hay que intentar competir con alguien
como Lola Flores, porque, como dicen los gitanos ella aunó a Lola,
a La Faraona, al arte y a la raza, y acabó por ser, y lo será
siempre, una leyenda de la canción española con duende,
misterio y gracia.
Y ahora se les ruega a los presentes -parafraseando el inicio de una crítica que escribió José Miguel Ullán para El País acerca de uno de los espectáculos de La Faraona- que acudan a las siguientes páginas del libro limpios de prejuicios, amnésicos de intervenciones televisivas de las típicas folclóricas y se dispongan a leer el arte de una familia que todavía tienen mucho que dar, muchas Flores que repartir.