“Si te quieres enrolar, detrás de aquella casa están haciendo las listas” –me dijo mi amiga. Hacía apenas un par de horas que había llegado a Madrid desde el pueblo y todo el mundo sabía lo que venía a hacer, porque todos hacíamos lo mismo. Recuerdo, en la fila, a mi amiga explicando angustiada lo que habían sido los primeros días de ataques. Cómo en el ir y venir entre casas y locales se iban colando las sirenas, los miedos, las bombas... Así, entre las gentes de ciudad que desde pequeños habían pasado por esas mismas calles, unas calles que ahora no reconocían como suyas, llegábamos los del campo, desmadejados, sobrecogidos, anhelantes pero ilusionados, confiados… La primera sensación de estupor la tuve esa misma tarde mientras hacía cola para alistarme. Hombres, mujeres, niños… la muchedumbre siempre me había intimidado. Decidí superar mi temor, enfrentarme al miedo, pero éste no llegó, las ganas de vivir lo hicieron suyo y antes de surgir lo destruyeron: “Camarada, mañana te asignamos batallón”. Aprendí a coger un fusil, a montar una ametralladora, a defenderme de manos que me aferraban, a huir de las sombras que acechaban, a escapar del miedo casi sin notarlo. En medio, siempre la calma, tensa, fría y mentirosa, y yo cerraba los ojos y jugaba con Marta, mi hermana, la niña eterna que no conocía el miedo.
- De La Habana ha llegado un barco cargado de… as.
- Alfabeto, abundancia, alegría…
Y corríamos hacia el río, y jugábamos al corro, al escondite, a la rayuela… ¿Cómo no ir? ¿Cómo no alistarse? ¿Cómo no juntarse al resto de voces? ¿Cómo no luchar por lo que nos pertenece? Las músicas, los himnos, los desfiles, los ademanes patrioteros… ¿Cómo no ponerse cara al sol y gritar y pedirle que se fuera? ¿Cómo distinguir que eso no era también un juego?… Y luego… ¿Cómo encontrar unos zapatos? ¿Cómo hacerse con trozo de pan? ¿Cómo avanzar para volver a casa? ¿Cómo huir de la pesadilla, despertar del mal sueño? “Camarada, te necesitamos despabilada, parece que quieren entrar por la Ciudad Universitaria.” De nuevo volvía Marta a mi lado, cuando callaban las bombas, cuando el silencio era angustia. Ella me traía el agua fresca, y mientras la bebía la notaba bajar por la garganta, mojarme el pecho… el agua con la que regábamos los geranios, los claveles, las azucenas… clara, fresca, libre, de manantial. El agua de mi casa, de mi tierra, de mis padres.
Don Antonio, el maestro, olía a ceniza, a libros y a cansancio… tres pueblos, tres escuelas, más de cien niños… una fuente en la puerta, y el agua, el agua clara y fresca. “Es urgente aprender a leer. Aprendizaje urgente. Hay que borrar el bochorno del analfabetismo español”, leía, releía hasta la saciedad. Al atardecer, después de salir de clase, llegábamos a casa con la boca llena de palabras, con la imaginación llena de grandezas, con el alma puesta en el mañana. Aquellas tardes, entre juegos, nos empeñábamos en bordar los sueños en las telas, en mantener con nosotras las palabras:
- De La Habana ha llegado un barco cargado de… eses.
- Sueños, susurros, sorpresas…
Tras la primera batalla, regresé del frente. Mi amiga estaba en casa ese día. Antes de entrar, desde el quicio, intenté recordar la vida en el campo, en mi trigal, en mi casa; sin aceras, ni obuses, ni racionamientos, ni lloros, ni mutilaciones, ni cárcel… pero no pude. Allí estaba el hermano de mi amiga, herido. El sol entraba por la ventana del comedor y señalaba la sangre seca de su pierna. Iluminaba por completo el vestido hecho jirones de mi amiga. Recordaba con su luz que la madera tirada en el suelo había sido una mesa, que los libros del suelo eran algo más que palabras. Me obligaba a pensar en lo que fue y ya no era. En lo que tuvimos y se desvaneció. En lo que era y no volvería a ser nunca. Entonces eché a correr sin darme cuenta. Corrí queriendo huir de la sangre, de los muertos, de las bombas. Corrí con la esperanza de que el correr ayudara a escapar y me devolviera los recuerdos. Dejé atrás las calles, la ciudad, el metro, llegué a casa, quise que Marta me diera agua, pero sólo tenía sangre. Estaba sola de nuevo: “Camarada, te necesitamos atenta, parece que quieren cercarnos”. Había corrido en la nada. Delante, más allá de mi carrera, en el suelo, en el barro, en la tierra… estaban los que ya no corrían, los que ofrecían la sangre, los que adormecían la vida. ¿Cómo no verlos? ¿Cómo no ayudarlos? ¿Cómo no luchar con ellos? Pero yo quería flores, y cielo, y agua, y juegos, y a Marta…
- De La Habana ha llegado un barco cargado de… os.
- Odio, oscuridad, ofensa…
Casi sin pensar, instintivamente, me aferré a mi fusil. Me puse alerta. A veces la sangre acecha sin que lo pidas. Se cierne sobre ti sin darte cuenta. Te ataca y brota desde dentro. Te ahoga. Ahora, desde el fondo... “Camarada, cuidado, los tienes detrás”. No había tierra, ni cielo, ni agua, ni sol… Todo estaba rojo, y negro, y había un río de sangre. Las piernas no me servían para correr, para irme lejos. Tenía que llamar a mi hermana y a mis amigos, y a don Antonio y preguntarles por qué el río estaba rojo, por qué la sangre brotaba de los hombres, por qué los árboles habían dejado de ser árboles y sangraban. Pero no podía hablar, algo se agarraba a mi garganta y la oprimía con fuerza. Entonces mi respiración se hizo lenta, pesada, difícil… Deseaba el agua de mi hermana, soñaba con beber junto a ella, en casa, en el campo, en la puerta de la escuela, soñaba mientras de la comisura de mis labios brotaba un líquido espeso con sabor a hierro.
- De La Habana ha llegado un barco cargado de… emes.
- Masacre, matanza, muerte…
Y luego ya no pude respirar. Sentí que hacía el último esfuerzo, que empezaba a dejarme llevar, a olvidar el cielo, el sol, el agua… Intenté mover las piernas, intenté acercarme al río rojo y beber su agua, intenté pensar en Marta.
- De La Habana ha llegado un barco cargado de…
-…