Con voz y voto
Alfabeto

«PROPAGANDISTA.— Conciencia mía, ¡qué seria estás! Casi temo adivinar un reproche en tu gesto un tanto desabrido.

CONCIENCIA.— No es reproche, es duda. Estoyme preguntando: ¿Para qué ha escrito esta mujer este libro? P.— Preguntas mal, Conciencia. No debes preguntar “¿Para qué?”, sino “¿por qué?”.»          

La duda se la plantea María Lejárraga —una de las políticas e intelectuales más significativas de la Segunda República— al hablar con su conciencia en el prólogo a su primer libro de memorias, escrito ya en el exilio Una mujer por caminos de España (1952), y es la misma que me planteo yo al inicio de la redacción de éste Con voz y voto. En su texto, María sigue interrogándose: «¿Para qué he escrito este libro que estás ahora leyendo y censurando? Para nada. ¿Puedo acaso atreverme a esperar que sirva de algo? [...] La historia no ha servido nunca para más alto fin que el de ser solaz de entendimientos amigos de curiosidades ciertas o inventadas. Maestra de experiencias se le ha llamado durante siglos; mas esa fue una de tantas definiciones embusteras. No es la Historia maestra de experiencias; es, cuanto más, compendio de experiencias. Y la experiencia siempre es útil; si ajena, jamás puede ajustarse a nuestro caso particular; si propia, nunca nos avenimos a reconocer que nuestro caso actual sea repetición de un anterior conflicto». Algo más de confianza me queda a mí en las lecciones de historia que a María Lejárraga y por eso continúo escribiendo, porque del pasado se aprende y, sobre todo, porque creo que hay que hacer el ejercicio de recordar la historia del propio país, para evitar repetir errores. Y, en definitiva, como dice Fernanda Romeu Alfaro: «Para que no olvidemos lo que somos, detengámonos hoy y recordemos; ya que vivimos en una sociedad construida sobre la mentira y la ambigüedad. Una sociedad que se está marchitando por falta de autenticidad».          

Sigo leyendo a la diputada socialista, y la veo acusarse, entonar como mujer un mea culpa individual que hace colectivo a todas nosotras. «En los tiempos heroicos de nuestra lucha, antes de 1914, ¿qué predicábamos? ¿Qué propaganda hicimos para ganar la causa? ¿No hemos dicho todas con Oliva Schreiner: “La guerra habrá muerto en cuanto las mujeres intervengan en el gobierno del mundo”. [...] La Primera Guerra Mundial nos dio la victoria. Somos iguales a los hombres en derechos políticos.» Sin embargo, sigue lamentándose María Lejárraga: «Hemos faltado a nuestras promesas. Hemos doblado la actividad de los hombres, pero no la hemos mejorado. Nos hemos alistado en los partidos, nos hemos dejado apasionar por el juego político, por el ardor de las propagandas; hemos sido apasionadamente socialistas, inflexiblemente comunistas, despiadadamente conservadoras, frenéticamente dictatoriales. [...] Nuestro trabajo ha sido encarnizado, eficiente, eficaz, pero no ha sido femenino porque no ha sido realista ni humano, ni creador de nuevos valores morales, ni siquiera constructor de unas cuantas realidades humildes».           

Y aunque creo que tiene razón en parte, me niego a dársela en su totalidad. Sirvió de mucho toda la labor que llevaron a cabo las mujeres de la generación de María Lejárraga, y aun de la posterior, en el desarrollo político y social de España, como veremos en este libro. En realidad, no es que la historia no nos sirva de ejemplo, sino que con ella, o en su transcurrir, ha desaparecido de nuestra memoria la labor llevada a cabo por muchos de sus protagonistas anteriores. A principios del siglo XXI, poca gente se pregunta cómo se ha obtenido éste o aquel derecho, le interesa saber cómo se ha alcanzado éste o aquél logro o le importa qué supuso en la vida de las españolas perder todos aquellos derechos que algún día se consiguieron tras la legitimación de la Segunda República y desaparecieron tras la Guerra Civil y la posterior posguerra. La desidia, o, simplemente, la falta de posibilidades de acceder a una realidad anterior, distinta a la actual, ha hecho que nos preocupemos por otros asuntos y dejemos al pasado, por pasado. Por no mencionar que, tal vez, en la misma sociedad en la que nos ha tocado vivir no interese por tal o cual motivo que conozcamos nuestros propios antecedentes por inmediatos que éstos sean, porque el desconocimiento evita preguntas embarazosas acerca del transcurrir del pasado histórico reciente. No perdamos de vista que de la Segunda República y de la Guerra Civil española no nos separa todavía un siglo. Y aunque puede parecer tiempo más que suficiente para tomar distancia, lo cierto es que no lo es y trazar determinados caminos todavía hoy puede herir sensibilidades contemporáneas. No olvidemos la gran esperanza que supuso para occidente el triunfo legítimo del nuevo régimen, por las mejoras sociales que suponía, ya que la Segunda República representó un intento de democratización, llevado a cabo en el mismo momento en que los cambios políticos en el resto de Europa se orientaban hacia un autoritarismo que derivó en varios regímenes dictatoriales. Una apuesta democrática que terminó con el triste espectáculo de ser el único país en la historia del siglo XX cuya estructura se derrumbó completamente en una Guerra Civil revolucionaria-contrarrevolucionaria, sin necesidad de sufrir un ataque exterior, un colonialismo o la intervención extranjera.           

De hecho, durante mucho tiempo, para mantener la «inestable estabilidad» política de España nadie creyó apropiado hablar del pasado. Había que fijar la idea de que la fase de prosperidad histórica en la que entrábamos a finales de los setenta era gracias a Juan Carlos I y cualquier mención del pasado se entendía como anti española —algo que en no pocos casos se sigue creyendo—. Y así, la transición, fruto, entre otras cosas, del miedo de los españoles, se convirtió en el período político «de moda» y dio paso a uno de los momentos ensayísticamente más fructíferos acerca de la historia de España, siempre con un marcado carácter de egocentrismo histórico y de vanagloria patria que aún hoy continúan. Se publicaron un buen número de textos dirigidos a convencer a todo el mundo de la gran labor realizada en pro de las libertades democráticas de los españoles a finales de los setenta y durante los ochenta, a ensalzar la monarquía constitucional y a eliminar de la memoria la existencia de un pasado histórico reciente —la Segunda República, la Guerra Civil y cuarenta años de dictadura— cuyo período más cercano que avergonzaría a los más pintados. Escritos en los que se promete agradecimiento eterno a los padres de la nueva carta magna, pero en los que nadie se pregunta por qué en esa vuelta a la democracia no se recurrió, en primera instancia, a una Constitución, la de 1932, que ya había sido legitimada en las urnas por todos los españoles.           

Casi agotado el interés por una transición de la que nunca llegaremos a conocer todos los entresijos exactos, y sólo recuperado recientemente por las celebraciones del veinticinco aniversario, empezó a fraguarse de nuevo un interés histórico por la Guerra Civil. Durante muchos años, todos los que participaron de un modo u otro en ella, el conflicto bélico más espeluznante que ha tenido lugar en la historia de España, lo quisieron borrar de sus recuerdos, pero llegó un momento en el que se impuso la necesidad de conocer hasta dónde había llegado el odio entre iguales. Y tras la guerra llegaron los estudios sobre la vida después de la guerra: la terrible posguerra española, el papel y a las vicisitudes de los perdedores, de las víctimas que sufrieron sus consecuencias. Ni que decir tiene que los «vencedores» todavía no han merecido un trato destacado en las modas literarias de este país. Intuyo que dos motivos, al menos, lo explican. El primero que ya tuvieron tiempo suficiente, y eso hicieron durante más de cuarenta años, de vanagloriarse de sus virtudes y su victoria y de desacreditar y de difamar a los perdedores; y el segundo, por sorprendente que pueda parecer, porque no son pocos los que todavía pasean su poder o los restos del mismo —no olvidemos que la nuestra ha sido una transición en la que ha prevalecido la ley implícita del punto y final— por España e imagino que entraríamos en la moda de lo políticamente incorrecto si empezáramos a rescatar consejos de ministros en los que se autorizaban penas de muerte firmadas por algún político que en la actualidad presume de demócrata o publicáramos folletos de apoyo al régimen anterior firmados por algún periodista o intelectual de prestigio.           

Pero de todo esto lo que no deja de sorprender es no tanto que se haya divulgado lo inmediatamente anterior, como que se hayan desatendido los orígenes del problema y el conflicto mismo. Que sean escasas las publicaciones que analizan el paso desde la Segunda República a la posguerra española, y muchos menos las que se preocupan de cómo ese cambio supuso un atraso considerable para todo el país, muchas de cuyas secuelas podemos ver en la actualidad. Y, centrándome ya en el tema de este libro, extraña el enorme desinterés con el que se ha tratado la participación de las mujeres en el desarrollo de la España contemporánea y de qué modo les afectó a ellas como colectivo. ¿Qué pasó con ellas durante los años anteriores a la Guerra Civil? ¿Qué importancia tuvo su significativa participación en la política española de los años treinta? ¿Se consiguieron limar las diferencias sociales entre hombres y mujeres durante esa época? ¿Cuándo y cuánto costó alcanzar la situación de igualdad legal y personal? ¿Qué les supuso la pérdida de las mismas? ¿Por qué tantas mujeres se involucraron en la Guerra Civil? ¿Qué supuso en la vida de aquellas licenciadas que podían ejercer su profesión en los años treinta y que en los cuarenta vieron que sólo podían ser consideradas útiles si eran unas perfectas amas de casa? En definitiva, ¿cómo era la vida de la mujer de los años treinta y en qué se convirtió en los cuarenta?           

Preguntas de este cariz han sido las que desde siempre me han preocupado y me han empujado a leer libros sobre aquella época, libros en los que —en su mayoría— sólo pude encontrar las impresiones de los hombres y, de forma tangencial, lo que podían hacer las mujeres o lo que se había conseguido, pero no lo que decían o pensaban o qué hicieron al respecto, salvo menciones esporádicas.           

Y tras el conocimiento de la historia las busqué a ellas. Me encontré con sus voces y leí sus textos. Y vi cómo a principios de siglo habían empezado a cuestionarse el sistema social y político en que vivían, cómo reclamaban unos derechos que tenía el hombre y debían ser compartidos, y cómo conseguían ir modificando muchas de las estructuras anquilosadas tras conseguir que se escucharan muchas de sus reivindicaciones. «Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho Natural, el Derecho Fundamental que se basa en el respeto de todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis cómo ese poder no podéis seguir detentándolo...», advertía Clara Campoamor, una de las más convencidas luchadoras por las derechos de la mujer, ya en una de sus primeras intervenciones públicas. Encontrarse con textos en los que se reflejan actitudes como ésta es bastante frecuente en los años veinte, durante la dictadura de Primo de Rivera. El advenimiento de la Segunda República será el que sirva de despegue para llevar a cabo las primeras acciones reales, y con su instauración se harán ley muchas de las demandas. Y la misma actitud de participar, de comprometerse, será la que condicionará la participación femenina en la Guerra Civil, momento en el que el colectivo femenino, principalmente aquellas republicanas convencidas, es consciente de que tiene un nuevo estatus y que la pérdida de la guerra conlleva la pérdida de los beneficios obtenidos con la República. Sin embargo, si difícil es alcanzar un reconocimiento en tiempo de paz, más aún lo será en tiempo de guerra. Como bien dice Irene Falcón (1996) en sus memorias, nunca se ha acabado de valorar la participación del colectivo femenino: «En los estudios sobre la guerra se ha subestimado, en general, el papel de las mujeres en sus dos últimos años [de guerra]. No se ha destacado el hecho de que las propias circunstancias hicieron que ocuparan puestos de responsabilidad en todas partes. En los frentes menos, porque aunque en principio sí hubo una avalancha de mujeres a la lucha, después se incorporaron a otros trabajos». De hecho, añade Irene, «en todos los aspectos de la vida económica del país, los puestos importantes, decisivos, los ocuparon mujeres. Las organizaciones sindicales y los partidos políticos acabaron siendo dirigidos localmente por mujeres».           

Y, porque al César hay que darle lo que es del César, a la caza de sus pensamientos y actitudes, me lancé a leer memorias y diarios, persiguiendo la trayectoria intelectual de mis mayores. Sus textos en primera persona explicarían, de una forma distinta a la acostumbrada, cómo vivieron las mujeres en España la Segunda República, la Guerra Civil y los primeros años de dictadura, cómo lucharon por conseguir sus ilusiones y cómo resistieron para proclamar su inocencia. Yo también tenía, como dice Consuelo García en su prólogo a Las cárceles de Soledad Real (1982), «el deseo de comprender la historia. La necesidad de saber y decidir para uno mismo en qué situaciones y bajo qué condiciones es justificable, si es que es justificable, la violencia. Y esto sólo era posible viendo de cerca los horrores y el desastre de la guerra y metiendo la mano en las llagas que había dejado en los individuos».           

Y así fue cómo empecé por darme cuenta de que los roles en la España de los primeros años del siglo XX estaban claramente establecidos: la mujer vivía subordinada al hombre, lo que suponía una discriminación en el ámbito legal y en el resto de terrenos. Las restricciones y limitaciones impedían —como si de un desarreglo genético se tratase— su desarrollo social, político, laboral y cultural. De hecho, en los veinte en España, como en casi prácticamente el resto de países occidentales de esta época, existía una ideología general: había que mantener una sociedad basada en la hegemonía del poder masculino y limitar el ámbito del desarrollo personal de las mujeres al hogar, fomentando, como era de esperar, el culto al matrimonio y a la maternidad. Era bien simple, el varón tenía que actuar en la esfera pública y la mujer en la privada. Cualquier intento de modificar estas dos parcelas era considerado una trasgresión de las normas más elementales de conducta y debía, por tanto y siguiendo la lógica dominante, ser castigado. Se consiguió llegar a esta situación, a fuerza de legislar situaciones de lo más rocambolescas, y de una actitud pasiva del colectivo femenino. Como bien explica María Lejárraga, en España: «Las mujeres callan, porque aleccionadas por la religión, amparadas de toda autoridad constituida y regida por hombres, creen firmemente que la resignación es la virtud; callan por miedo a la violencia del hombre, callan por costumbre de sumisión, callan, en una palabra, porque a fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas».           

Pero esta actitud de sumisión empieza a cambiar, y en los años veinte las mujeres empiezan a «pensar» y, a partir de ahí, a plantearse muchas preguntas, a actuar y a movilizarse. «Había adquirido un tesoro desconocido para mí hasta entonces; aprendí a pensar ¡y el que una mujer se permitiese el lujo de “tener ideas” y discurriese era precisamente lo que tanto preocupaba a aquellos entre quienes yo había vivido toda la vida», exclamará orgullosa Constanza de la Mora en sus memorias.          

Y así, en la primera década del siglo XX, en España, junto a una monarquía, sin más criterio político que mantenerse en su trono, fuera o no por la fuerza, y que llega incluso a colocar a dos dictadores (Primo de Rivera y Berenguer) al mando del gobierno, se crean varias organizaciones políticas que empiezan a oponerse y buscar una solución al problema femenino. La novedad será que muchas de ellas están formadas por mujeres que demandan la creación de una nueva sociedad democrática —para la cual la república era la única solución política—, en la que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos independientemente de su sexo o condición social. Desde estas avanzadillas ideológico-culturales será desde donde se apueste por llevar a cabo la tan ansiada renovación del papel de la mujer en España. Pero eso sólo se podía hacer tras conseguir el ansiado sufragio universal, como explicará Clara Campoamor, el 12 de enero de 1932, en una entrevista a Irene Polo: ¿No hemos quedado que el voto es la expresión de la voluntad popular? ¿Es que acaso el pueblo son sólo los hombres? Mal podríamos decir que nuestra República es el fruto del deseo de toda España, si pudiésemos sospechar que la otra parte de la sociedad española, las mujeres, no están de acuerdo. Y así era. Una vez se alcanzaron los primeros derechos, ya en la República, se formaron grupos y asociaciones femeninas dentro de sindicatos, ateneos y partidos políticos, en estos últimos como consecuencia directa del crecimiento del proletariado, una nueva clase social en la que la incorporación de la mujer alcanza porcentajes más elevados que en otros. Desde los partidos de izquierdas y del movimiento obrero, más concientes lógicamente de las discriminaciones que cualquier otro sector, se incentivó la participación femenina. La creciente incorporación de la mujer al trabajo, en donde las diferencias eran más evidentes que en otros sectores, hizo que las obreras se sintieran partícipes de las reivindicaciones laborales y empezaran a agruparse e identificarse como un colectivo que demandaba igualdad y derechos. «A igualdad de trabajo, igualdad de sueldos» fue una de las proclamas que se lanzaron desde la Comisión Femenina del Partido Comunista de Cataluña, pero que también se incluía en las demandas de los partidos anarquistas, socialistas y republicanos.          

Las voces femeninas que se escucharon en aquellos años, en contra de lo que puede parecer, no fueron casos aislados. Son muchas las mujeres que expusieron sus puntos de vista desde asociaciones, escuelas, sindicatos, revistas, órganos de participación de todo tipo o que dejaron plasmadas sus vivencias en textos que verán la luz pocos años después. Desde María de Maeztu, hasta María Zambrano, pasando por Federica Montseny, María Teresa León o Dolores Ibárruri, por citar sólo alguno de los ejemplos más significativos. También son bastante numerosas las mujeres que habían empezado a luchar en defensa del sufragio femenino desde los primeros años del siglo XX —Carmen de Burgos, María Lejárraga, Clara Campoamor o Margarita Nelken—, aunque no consiguieron sus objetivos hasta el advenimiento de la Segunda República. Para ello, en los veinte, empezaron a crearse algunas asociaciones de signo sufragista, distanciándose de aquellas que se decantaban más por otras preocupaciones (derechos de maternidad, acceso de las mujeres a la educación, derecho a un trabajo digno...) que todavía no incluían el derecho al voto como una de sus reclamaciones principales.          

En 1931, con la llegada de la Segunda República, será cuando de verdad empiecen a fraguarse y a cuajar todas las reivindicaciones y a aumentar el número de agrupaciones femeninas. Con el cambio de régimen entraremos en un período en el que las transformaciones políticas y legislativas harán variar de forma reveladora la situación, la participación y los derechos de la mujer: igualdad ante la ley, ley del divorcio, reconocimiento de la paternidad, legislación sobre la prostitución, leyes que ayudan llevar a cabo la planificación familiar, derecho a la educación y sufragio femenino; así como se facilitará la progresiva incorporación de la mujer al terreno laboral en igualdad de condiciones que el hombre. Es en este último sector donde tiene más importancia la participación de las mujeres porque le permitirá acceder a la política, y una vez en el parlamento sus voces tendrán más fuerza.           

Sin embargo, seguirá habiendo dos «tipos» de tendencias dentro del colectivo femenino, aquellas que prefieren mantener y perpetuar el rol tradicional, y las que luchen por cambiar su papel y reivindiquen sus derechos. Será durante la Guerra Civil cuando veamos de forma más clara las diferentes actitudes de las mujeres según su ideología: las republicanas —y en este caso el término engloba a todas aquellas mujeres defensoras en el frente o en la retaguardia del poder democráticamente elegido, ya sean socialistas, comunistas, anarquistas o republicanas— quienes, junto a sus compañeros, se incorporan de un modo u otro a la lucha; frente a las sublevadas que, en nombre de dios y de la patria, reivindicarán y defenderán la vuelta a los esquemas de madre-esposa. De hecho, esos treinta y dos meses de guerra suponen un período histórico clave para comprobar, no sólo hasta dónde puede llegar la inquina entre españoles, sino también cómo las transformaciones políticas, legislativas y sociales llevadas a cabo desde la Segunda República española hacen implicarse de manera distinta a la mujer española dependiendo del bando al que se adscriba. Así, durante todo el conflicto bélico, se produjo un cambio en el trato y en la importancia de la participación de las mujeres que provocó la creación de un discurso propio para, por y de mujeres, y de una imagen distinta a la que hasta ahora se había tenido. Las diferentes fuerzas políticas a favor de la república mantuvieron o ascendieron en sus cargos a líderes como Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Matilde de la Torre, Lucía Sánchez Saornil o las jóvenes Teresa Pàmies, Juana Doña o Aurora Arnáiz, dirigentes que creen indispensable la incorporación de la mujer a una guerra en la que se juegan las libertades de un pueblo.           

Mientras que desde el bando de los sublevados se trató de atraer a las mujeres a través de voces como Pilar Primo de Rivera o Mercedes Sanz Bachiller, en el terreno político, o Concha Espina y Mercedes Fórmica, en el intelectual, aunque con un enfoque en el que se abogaba por la restitución del papel que había tenido la mujer desde siempre y con escaso contenido ideológico detrás. La explicación del porqué de un discurso distinto —casi diría del no discurso en el caso de las franquistas—, de las diferentes actitudes intelectuales de las mujeres de uno y otro pensamiento, nos la da María Zambrano en Los intelectuales en el drama de España (1936-1939): Resulta imposible encontrar juntos creación intelectual y fascismo. El intelectual que recorre el camino de la vocación, de un quehacer que responde a una exigencia real; el que ama la realidad y aún sin proponérselo la sirve, no resulta jamás fascista. Hoy hemos vuelto al punto de partida en el examen del fascismo; una enemistad con la vida, una impotencia de recibir la realidad que hace imposible la creación intelectual. Una negación completa. Obsérvese lo que les pasa a los teorizantes fascistas; que una vez que han dicho... lo que todos dicen, ya no tienen nada que decir a la nada de donde salieron; están revolviéndose en ella en este infierno de la inteligencia. Y por eso también es muy significativa —casi me atrevería a decir que por deprimente— la forma en que tras la victoria del franquismo se reduce o elimina la participación de las mujeres —ya sea de forma condicionada o voluntaria— en todos los ámbitos de la sociedad en los que había participado de pleno relegándose al ámbito del hogar. Y ahora es Marichu de la Mora, una de las nietas de Antonio Maura, quien en los cuarenta nos explica los grandes progresos conseguidos: Una cosa queda clara en nuestro espíritu femenino: que en resumidas cuentas, ¡por fin!, hay un Estado que se ocupa de realizar el sueño de tantas mujeres españolas: ser amas de casa. Y así de radical fue el cambio. La proclamación en Burgos en abril de 1939 de la victoria de los sublevados y con ella el establecimiento de la dictadura será el contrapunto, el encargado de dar al traste con todos los derechos que tantos esfuerzos había costado conseguir a las mujeres. Y serán ellas mismas quienes, con el programa del movimiento en una mano, y el misal en la otra lograrán la implantación de un estatus del papel de la mujer que rozó, en no pocos casos, el de «mueble» del hogar. Por sorprendente que parezca, la victoria de una tendencia ideológica retrógrada y reaccionaria será apoyada y defendida por un colectivo de mujeres que propugna un retroceso. Un colectivo que defenderá la total regresión de todos los planteamientos y avances que se habían ido abriendo paso en la España republicana. Las mujeres del Servicio Social y de la Falange serán quienes, con la ley del terror en la mano, detendrán los adelantos conseguidos, hasta invalidar lo que tantos esfuerzos costó conseguir.